martes, 22 de febrero de 2011

Quinto.


Ana se sentaba toda cruzada en la silla, vivía descalza y tenía los pies siempre calientes. Se reía con todos los dientes y arrugaba la frente para pensar. Torcía  el cuello cuando hacia fuerza para entenderme, me miraba siempre de frente y a veces se quedaba enganchada en  mis palabras como escribiéndolas en el aire. Me cuestionaba mi forma de hablar, me retaba, me corregía, se cansaba y me terminaba por aceptar en sus suspiros largos todos llenos de silencios.
No roncaba, no babeaba, no pateaba… Ana era una acompañante ideal para dormir, era almohada y frazada, era peluche y colchón.  Era mi cama, mi forma más perfecta de descanso. Ana me abrazaba fuerte y yo… me dormía.
Ella me miraba mientras yo roncaba como gil, no me lo decía pero se divertía despertándome con canciones locas. XUXA era su favorita y el “todo el mundo está feliz” me taladraba los oídos.  Se levantaba con la intensidad de una tormenta y parecía que nunca se había acostado, pero se despeinaba como si la guerra la hubiera devastado y se vestía con la lentitud de una ameba  muerta. Nunca estaba segura con la ropa que se ponía y siempre terminaba con un pañuelo celeste colgado en el cuello atado como  un lazo. Le regalé tres pañuelos más y nunca los usó, le dije mil veces que dejara el celeste y ella me decía que él celeste no la dejaba a ella.
Se  enojaba, se taraba como hiena loca mientras se reía de nerviosa y me costaba tomar en serio sus berrinches. Era histérica, caprichosa y terca como como mula. Bueno, no tengo idea si las mulas son tercas, pero así le decía yo. SOS TERCA COMO MULA, le decía y ella me miraba toda crispada mientras me puteaba con los dientes apretados. “GAY REPRIMIDO”, me respondía. Era una loca tilinga esa Ana.
Desde la primara vez que durmió en mi casa nunca más la volví a mirar de otra forma que no fuera como una pertenencia. NO, no es que ella fuera mía, claro que no lo era. Ella nunca será de nadie, porque no quiere, nunca quiso agarrarse de nada, Nunca. Pero yo la quería,  a veces la quería dejar en la pared de mi habitación ahí quietecita toda mirándola hasta gastarla.
Ana era cruel, sincera hasta matarte a verdades, me miraba firme y me decía:  “mirá que yo no me voy a quedar mucho con vos, no?” .Me advertía, me aclaraba todo el puto tiempo y yo…
yo ya no le creía.
Que reverendo Boludo. Que pedazo de opa ciego, que egocéntrico mitómano, creyendo que esa pequeña comodidad de sonrisa continua tenia futuro. Que irrealista maquiavélico, no veía sus pasos lentos que se perdían por fuera de la puerta por la que había entrado. QUE iluso de porquería no escuchaba las miles de despedidas rutinarias, los besos esquivos, las manos que dejaron de enlazarse al caminar, las llamadas que se pausaban, los mails  cada vez más cortos, las escusas repetidas. Los nadas y  los todos que me pegaron en la cara patadas voladoras y yo como maniaco obtuso las negué, no las vi. Te juro que no las vi.

Estaba enamorado como la putisima madre que me parió.

3 comentarios:

Carolina Alvarez Fernandez dijo...

Enana maldita... muy lindo lo q escribiste, me encantó el último párrafo... un besote peque

Damián Alvarez dijo...

enana me gustó mucho tu historia... muy lindo el último párrafo.. no sabía que escribías, un besote peque

Esteban dijo...

Esto es genial... pa cuando el prox? jejejje te adorar