domingo, 12 de diciembre de 2010

Cuarto.



Cuarto

Mensajes de texto:

-         que estás haciendo vecina? ( Dami)
-         sola… vos? ( lali)
-         solo… venis? (dami)
-         vení vos. ( lali)
Damian se traslada pocos pasos hasta la casa de Laura, desganado abre la puerta y se echa en el sillón rojo con florcitas rosas. No hay saludos protocolares, nunca los hay entre estos dos vecinos, compañeros accidentales de vivencias a veces nefastas.
Es un domingo deprimente como cualquiera de ellos en donde el clima es indiferente, mucho calor para estar adentro, mucho frío para estar afuera. No hay ganas de cocinar, ya durmieron la mañana entera y después de las seis de la tarde solo esperan a que se termine la noche.
Laura tiene una naranja en la mano: la aplasta, la ablanda, le mete el dedo, hace un agujerito y chupa el jugo enchastrándose toda la cara.

-         Querés una naranja?
-         Me haces el agujerito?
-         Siempre supe que eras puto!
Y se ríen…

-         Que domingo de mierda, no?
-         Lali, todos los domingos decís lo mismo!
-         Y bueno, eso habla bien de mí, no soy bipolar como vos.
-         Queda muy boludo si te digo que necesito un abraso?
-         Sí, queda bastante puto
-         Lo digo de verdad, necesito que alguien me abrase un rato
-         Damián vos necesitas a Ana, no el abraso de “ alguien”
-         Me das un abraso?
-         Ni drogada!

Domingos suicidas los que se pasan solos, domingos repugnantes los que buscamos compañía incorrecta. Insoportables los enfermitos que se divierten en el parque mientras caminan de la mano como presumiendo sus abusivas felicidades; precarias claro está, porque ninguna felicidad que se valore puede perdurar un domingo completo.
Clara es una de esas que finge ignorar este día taladrante y pasó toda la tarde en el río. Ella dice que toma sol, pero cada vez se ve más blanca, casi verde con tantas venas trasluciendo su palidez.

-         Clarita decime, a vos no te dan ganas de estar con alguien para que al menos te abrace un rato?
-         Sí, a veces… pero no creo que sirva
-         Lo probaste? O sea… te hablo de estar nomás, no de garchar.
-         Sí ya entendí! Y te digo q no creo que sirva…
-         Con Ana pasábamos tardes enteras enroscados en el sillón, veíamos películas malísimas y después le poníamos puntajes como si fuéramos críticos de cine. Inventábamos cuentos y comíamos porquerías, también peleábamos y nos gritábamos, ya sé. Pero eso no lo extraño.
-         Dami, nunca la volviste a llamar?
-         Sí mil veces, hasta que dejó de contestarme. Liquidé mi dignidad en dos segundos, que boludo!
-         Creeme que yo la perdí y no me acuerdo ni donde.

Televisión encendida, objeto de dos miradas perdidas que se quedaron enganchados en la reciente conversación:
Damián recuerda las imágenes de esas tardes con Ana, algunas cosas pasaron, otras las inventa de tanto enviarlas a la memoria, mandarlas a la papelera y volverlas a recuperar. Ani era tan simple que aburría en su homogeneidad, pero la mirada transparente de sus palabras dejaba en evidencia su entrega. Siempre decía: “Yo debería hablar menos de mi, porque con cada relación que termina me pierdo un poco” y Damian nunca entendía… hasta que entendió todo y de un solo golpe.
Ana no se fue enojada, ni triste. No puso una excusa novelesca ni metió reproches en el medio. Ana usó su voz calmada y serena para redactar en breves palabras el fin de una historia. Y este domingo en el que Damián la piensa se repite esa frase:
“Perdí el interés y antes de fijarme en otro, prefiero dejarte”

Clara se quedó pensando en todo, en Joaquín en Damián, en Ana... se levanta y  abrasa tiernamente a su hermano.

-Te sentís mejor?
- Un poco.

Se miente, claro que se  miente. No quiere  mil abrazos, quiere solo uno y lo busca en otros brazos. Pero no lo encuentra reconfortante porque atrás de los abrazos equivocados no hay más que vacío. Dos soledades abrasadas no son compañía, son dos soledades.

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