Se miran y en los ojos se devoran. Se viven en la cercanía más próxima, ahogados de sed se empapan de olores, se aprietan uno con el otro, se arrancan los besos, mientras el frió moja, la tibieza humedece las lenguas que pelean por encontrarse.
Bruta y aturdida la dimensión del tiempo está perdida, en la amnesia que nace cuando muere la razón. Razón que perdió la batalla en ese trance agudo de calor ardiente, violento, pausado, atorado en movimientos, que se buscan, se chocan, se tocan, se desvisten de ropas mientras se desnudan de juicios.
Deseo puro deseo, de poseer, de adueñarse, de tenerlo todo en el mismísimo instante donde se está siendo perdido.
Se enroscan, los labios, los brazos, las piernas, los pies, los dedos como fuegos, como llamas que queman en el solo roce de la piel. Quieren ser quemados, ser fuego, ser fogata, incendiarse juntos, prender fuego toda la habitación.
Se sacuden, se ensordecen en el palpitar de dos tambores acelerados sonando en el pecho. Se lamen, se absorben, se calientan, aún solo con el alo de la respiración, agitados, desaforados, apurados y extasiados de ese dolor que alivia a su paso.
Gotas de sudor mojándolos hasta empaparlo todo, se atraviesan, se juntan, se une con irrefrenable pasión. Exclaman, reniegan, gimen, gritan, suplican, crujen, se revuelven, se moldean en cada jirón.
Aprietan los dedos, raguñan, estrujan, arañan. Se provocan y se alejan, se retiran, se contraen y en el momento más doloroso de la separación, tan cruel, tan fría, se toman, se aprietan y retornan a la tibieza de unirse de nuevo.
Juegan, se prueban, uno al otro, el otro al uno. Se pierden entre las sábanas arrugadas y los cuerpos vencidos, se encuentran en una nueva mirada ardiente, de pupilas dilatadas, de ojos brillosos y hundidos.
Se miran, se hablan con el aire que les queda en la piel, retuercen cada coyuntura y el cansancio cae como agua salada empapando sus gritos. Se invitan a llegar al final, a borrarse en la luz de los ojos que se cierran extasiados, suavizan los roces y estallan en la última fricción.
Tibios, húmedos, mojados, agotados, con los parpados cerrados, con los músculos contraídos y la razón ausente, se abrazan para fundirse. Se miran rendidos, se besan con los labios rojos y mordidos, se sueltan, se desprenden, se respiran y en el retorno se acurrucan, se amontonan para no perder calor.
Se resumen en el otro, aún atónitos pero plenamente complacidos. Modelan sus brazos para encajarse, un suspiro liberador que se rinde al sueño. Se relajan, se adormecen, se destinan al descanso. Calman los pasos de sus sentidos, se consumen entre cenizas de tan glorioso incendio. Se aflojan, se desvanecen.
Se duermen.
1 comentario:
La narrativa, me recuerda a Olivero Girondo, lo cual expresa mi admiracion, por la misma. ojala te sigas aburriendo mas seguido....
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