Jugaron a quererse y cuando se quisieron se terminó el juego.
Ganaron, siempre se gana algo, pero perdieron también, porque cuando se apuesta se pierde aún en eso que se da para recibir. Yo quien soy para definir quien y como ganan los que ganan, si aunque perdemos ganamos en el intento de dar.
Empataron entonces, de esos empates en donde el agridulce es indescifrable, ese sabor dulce que suaviza la lengua mientras el amargo se cuela, entre el mezclar de dos sabores que saben al ejercicio de la misma nada simulada.
Las reglas nunca fueron claras, por eso ahora es que se arrepienten de no haber leído el largo manual.
Nadie lee el manual. Ese cuadernillo aburrido de letras diminutas y hojas inacabables que aburren de solo ser miradas y estorban el disfrutar de ese producto nuevo, tan nuevo que se nos quema en las manos de las ganas de usarlo, de disfrutarlo, descubrirlo explorando cada unas de sus variadas funciones. Por todo eso y por la primordial y nunca bien calificada “vagancia” es que ese manual queda intacto en su bolsa con olor a plástico sin estrenar.
Pero ahora, que la novedad está fuera de alcance se acordaron de ese elemento con miles de consignas y advertencias enumeradas en filas. Ahora se sorprenden con las ideas que se les ocurren, para usar ese tiempo insoluble, tan efímero como perdido en todos los ayeres que se fueron malgastando las utilidades de dicha primicia, que ya muerta dejó nacer una historia antigua.
Leen, ese bendito manual que les explica recién ahora como hacer funcionar ese control remoto de emociones esporádicas. Deberían haber bajado el volumen antes de gritar, quizá cambiar el canal, o dejar enfriar el aparato cerebral, buscando que se calme tanto ruido junto lleno de imágenes idecifrables. Es que esa película en 3D, no tenia subtitulo alguno y aunque se esmeraban para escuchar atentos, se quedaron sordos en el intento. Dejaron de escucharse.
Perdieron las ganas, derrocharon las formas, inutilizaron las miradas, se aburrieron tanto de su historia, se robaron de un golpe todas las señales y dejaron de codificar, comenzaron a estar por estar, a prender el tele solo para disimular tanto silencio abotonado a la camisa de las disculpas insolentes, que se callaban atrás de ese sonido de la nada transformada en un dialogo. Perdieron la rutina de cuidarse y en esa perdida dejaron el indivisible todo.
Ganaron, también ganaron. Porque el que pierde acumula experiencia, una anécdota que contar y algún llanto emocionado de quien se sabe lleno aunque vacío. Triunfaron en ese cariño compartido, en las veces que se llenaron de caricias interrumpidas entre suaves “te quiero”. Conquistaron confianzas ciegas, gracias de los que agradecen el solo hecho de estar sentados en el mismo sillón, alegrías de convivir en el mismo sentimiento de pura exclamación. Ganaron en esos despertares de mañanas claras, tan juntos ahí acoplados en abrazos de almidón, en una y todas las cuadras que se asomaron para disfrutar de esa escena de viajeros, que enlazaban los dedos en esa religión que crearon al caminar de la mano. Ganaron porque aún desde lejos se piensan con esa sonrisa de medio vuelo, que aún triste se alegra y que aún alegre se deprime.
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