Se miran cansados, se desvisten mientras se visten para la rutina de horizontalidad compartida. Los sonidos se vuelven ruidos a esas horas y el respirar se pone lento, suave y distante como del cuerpo del que sale. Ella y sus cremas salen listas del baño, es el turno de él y la reunión de las oo.30hs con el cepillo de dientes. Alarmas activadas, dignas suicidas de sueño, el piso minado de vasos de agua olvidados de alguna otra dormida anterior. El televisor que se queda desvelado en su rincón, las persianas que borran toda claridad y la última pelea para ve quien apaga la luz. Ella pierde su territorio tibio pero gana una almohada con latidos, él resigna su cómoda posición fetal y la cambia por una frazada que le hace mimos. Se duermen, se abrazan, se sueltan, se agarran, se separan, se buscan y se unen en un mismo sentido. Ella y su mano en el pecho de él, él y su brazo atándola a él. Un baile insólito el de la noche, que asume sus sueños profundos pero se despierta desorientado si no la encuentra a su lado. Giros y vueltas, respiros de lejos y de cerca, abriendo los ojos para mirarlo dormir, durmiendo para soñarla con los ojos abiertos. Si la noche es fría, si el sueño se transforma en pesadilla o si aquella pastilla no funcionó, quien siempre funciona es ese abrazo que mientras los duerme los despierta y al despertarlos lo duerme en una tibieza somnolienta, dulce tibieza la de dormir de a dos.
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