domingo, 24 de enero de 2010

Podría ser peor (III)



Nueva semana, nuevo trabajo, nueva rutina.
Hay tostadas, hay leche, hay naranjas, todo es perfecto para un buen desayuno, ducha y al trabajo.Flor había sido contratada en una consultora de Recursos Humanos, era ya su tercera semana de trabajo y estaba contenta. Nada tenia que ver con el trabajo de sus sueños pero pagaba el alquiler.
Camino al trabajo, esta vez en taxi, porque como siempre estaba jugando con los tiempos, notó en el reflejo del espejo retrovisor que tenía puesto el mismo pañuelo que había usado para la entrevista, pañuelo que  había comprado junto con Diego. Ya había pasado tiempo de aquella llamada, pero al mirarse, vio en sus ojos la nostalgia intacta. Se sacudió la mirada cuando la despertó la realidad parando frente a su trabajo y se bajó del auto muy rápidamente como queriendo olvidar en él esos recuerdos.
Esta vez era ella quien tenía solo cuarenta y cinco minutos para almorzar y Eduardo, su compañero de trabajo, la acompañaba. Eduardo era gay, y vale la aclaración, antes que cualquiera empiece a armar historias, decía Flor cada vez que hablaban de él y de todos los consejos que de él escuchaba.
-Florcita. Como haces para no llamarlo?, te juro que no te entiendo.“Dijo Eduardo mientras exageraba con la sal en su plato.
-No tengo crédito Edu, es fácil.
La excusa daba gracia y los dos se reían, pero ella sabía que era muy real. No había cobrado su primer sueldo aún, tenia la plata contada, le debía a la mistad de sus amigos y nada le parecía mas desesperado que pedir plata justo para llamar a Diego. Pero algo no dudaba, sino lo había llamado era por una sola razón, no podía.
-Que tonta sos, ya me imagino yo diciendo que no a un viaje a Brasil.
-No dije que no y lo sabes
-No dijiste nada, que es  lo mismo
-Callate vos y decime como carajo preparo el informe de capacitación, dale? Dijo flor, para terminar el interrogatorio.
El trabajo era agradable y como trabajaban todos los días juntos, se habían echo amigos muy rápido. Eduardo era un hombre común, sin demasiados jirones a destacar pero era muy sincero, sincerísimo, sincerazo, sincersuicida decía él, porque siempre terminaba metiendo la pata.
Ese día no podía ser común, ese día ella se había puesto el mismo pañuelo que el día de la llamada y mientras caminaba para su casa su hipótesis acertó.
Un mensaje de texto:
“Fui un idiota, no por invitarte a Brasil, por no haberlo echo antes. Perdonás a un doblemente idiota?  Diego”

2 comentarios:

Unknown dijo...

a un doblemente idiota, no se lo perdona... La gente no cambia, y un Diego menos..
ja ...

ME LLAMAN MAGA dijo...

pero cuantas veces somos doblemente idiotas nosotras, no? igual me gustó esto... " la gente no cambia, y un diego menos... jaja