Los horarios me son tan
indiferentes, me divierte jugar con ellos aunque no niego la pelea que se me
arma cuando son ellos los que quieren jugar conmigo. Bueno los horarios no me
son tan indiferentes lo admito, fingir indiferencia es darle excesiva importancia
al objeto elegido, fingir no debería ser una practica rutinaria pero lo es y
negarlo es ridículo.
Se asoma Juli por la
puerta y me tira una pelota en la cabeza, mi reacción es lenta y la esfera de
goma verde me pega arriba de los ojos, no llega a ser la frente sino mas bien
el centro de la unión de las cejas que vengo olvidando depilar. Y ahí se posa
por unos segundos la bola esta que me rosa la parte peluda de arriba de la
nariz. Puedo afirmar que no se cuanto tardó en el desplazamiento desde las
manos de mi compañera hasta mí o que hora era cuando me reía con dolor en la
panza. En ese caso estaría reconociendo nuevamente que me era indiferente el
transcurso del tiempo, por lo que se refuta la teoría anterior de la excesiva
importancia al objeto. Bueno, es que creo que si uno se esmera, el lenguaje
permite refutar o defender cualquier idea por mas disparatada que sea. Ese es
el poder de las palabras usadas con pasión, o simplemente el poder de un buen
orador y/o escritor. Aunque lo de “buen” debería de analizarse porque quien
defiende o refuta una idea por el solo echo de vanagloriar su capacidad lingüística,
no me convence de llevar el “buen” delante del “escritor y/o orador”.
Otra cuestión me viene a
la mente mientras deliro: ¿el “y/o” que escribimos para marcar que vamos a
ofrecer opciones a continuación, no podría ser “o/y”?. Me lo pregunto nada más,
usted puede o no responderlo, pero es que si yo hiciera preguntas solo con el
afán a que el otro responda me quedaría siempre muda ante tanto sujeto
anlafapensante. Esa palabra anterior no existe, o al menos no existía hasta que
yo acabo de inventarla, quizás existía para otra persona que en su locura
cotidiana la inventó también, por lo que aunque la real academia no la estime,
puede que si existía antes de que yo la usase y por ende no es que yo la
inventé sino que simplemente no la conocía. La gente no empieza a existir
cuando yo la conozco, pero bueno no es de gente que estaba hablando, sino más
bien de palabras. Esta palabra que no se si encontré o me encontró en este
texto delirante, simulaba significar algo así como una definición de quien no encuentra
un alfabeto acorde a su pensamiento y de dicha manera no logra expresarse. Yo
me definiría analfapensante muchas veces, pero justo hoy no es el caso
porque justo hoy me brotan las palabras por la nariz y se deslizan desde el
hombro hasta las uñas y de las uñas al teclado y del teclado a la pantalla de
mi computadora. Vuelan en un tobogán de significados cruzados y se acomodan a
un lenguaje que quizá no les haga justicia, pero se esfuerzan a quedar todas
como letras arrimaditas.
Me disculpo si no se
hace posible el entendimiento del texto antes creado, pero es que de tanto
censurar ideas temo perder la creatividad desfachatada que a veces me regala mi
cabeza. Lea si pude, pero desentienda, no busque explicaciones y al finalizar
permítase observar que bonitas que quedan las letras unas al ladito de las
otras. Así arrimaditas.
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