Fuimos a despertar la mañana a una calle rara que tiene baldosas de colores a los costados. Dicen que en una intervención urbana unos payasos pintaron la calle y armaron un arco iris de cemento, yo no sé si es verdad pero me gusta ver cómo se brota la pintura por las juntas de la vereda y traspira alegría de la buena, esa alegría que ni fu ni fa, no te cambia la vida ni te hace saltar no te saca una carcajada ruidosa ni nada de eso pero te hace como una cosquillita cerebral y casi que sonreís por dentro, un poquito no más. Es lindo, es lindo sentir eso de vez en cuando, es como cuando inhalas fuerte y sentís un rico perfume como una cosquilla interna. Eso es.
Me distraje en detalles, lo admito. Igual no había nada en particular en que centrar la atención, salimos para no estar adentro y que se nos achiquen las ideas. Siempre siento que si me quedo mucho en espacios cerrados, las ideas se me van amontonando y se me quedan chiquitas, no pasó nada especial durante la caminata y no se si no debería haber omitido este párrafo, pero es que se me ocurre pensar que en la vida cotidiana de los días sin letras ni hojas (ni pc y teclado) no siempre tenemos algo jugoso digno de un párrafo importante. Nos ocurren cosas simples, aburridas y rutinarias y otras que no, que no son ni simples, ni aburridas, ni rutinarias pero no suenan muy dignas de espacios. Quizá es pura idea estructurada, toda estereotipada pensando que si no es metáfora aguda, si no es drama doloroso, novela romántica o comedia estrepitosa entonces no vale. Y quien soy yo para darle valor a las cosas que vivo, acaso me contrataron como jurado cuestionador de vivencias? No, claro que no. Si me paso horas y horas haciendo cosas, viendo, sintiendo y no sé qué tracalada de verbos, en los que mecanizo mis movimientos y ni cuenta me doy que ya pasaron más de media hora que estoy escribiendo y que el desayuno se me enfrío en la mesada. Ves? el desayuno siempre se me enfría en la mesada, me levanto y me hago el desayuno primero pero después me distraigo y cuando me duele el estómago de hambre, miro la mesada y otra vez abandoné la taza. Nunca había escrito eso, y no sé si tiene valor literario o esas patrañas, pero a mí me pasa y punto. Me voy a calentar el café.
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