Como una señal de llanto, ya se sentía lento el espesor de las burbujas acidas en la garganta. Y era entero el remordimiento de sentirme en la misma etapa de años atrás, pero esta vez no era igual. Necesitaba muchas cosas, y no necesitaba nada. O al menos no sabia expresarlas; salí corriendo, corriendo de mis pensamientos, de mis noches de burbujas, de mi insomnio traicionero y de los timpos lentos.
Salí corriendo de mí. Y lloré.

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