Vi que venias y en tu cara se quedó colgada una sonrisa ruidosa, unos dientes gigantes que me hablaban y miles de preguntas, una apilada a la otra como una trenza de solcitos que se reían y se miraban sorprendidos al encontrarse con mis abrazos que se salían de los ojos esos verdes que me mienten de a ratitos de a poquito, de a muy poco. Casi nos acercamos, casi te choco con mi perfume de recién despierta y en el medio del casi paso torpe, se me agachan las ganas, se me disculpan los huesos y me quedo quieta, suelto la sonrisa y se me escapa, se me esconde, se me pierde en la cuadra anterior a esta.
Parece que va a llover, que salieron nubes del techo, que me pica la rodilla y me arde la cicatriz, que mal augurio y yo sin paraguas, sin campera, sin techo, sin ganas de estar en este piso que hay debajo de mis pies.
Casi te hablo, casi me vez como segura, casi...
Y me subí a otro taxi, me fuí por otra calle, me mudé a otro barrio en donde alquilé una casa diferente, sin patio y sin bañera, con perros llenos de pulgas y árboles sin frutas. Ahora cocino sola y duermo siestas de miles de horas, veo tele mientras hago silencios y a veces voy al cine. El colchón ya no huele a vos y a veces me pierdo del trabajo al centro. Pero ya no lloro, ya no lloro porque acá estoy calentita, acá no llueve. En este barrio no hay nubes, no hay chaparrones, no ha rayos ni centellas, no hay ningún tipo de tormenta...
pero ya nunca más salgo sin paraguas. Ya no quiero que el agua me moje.

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