Me enfrenté al espejo, a ese mudo reflejo que me miraba del otro lado y le exigí con rabia que hablara, que explotara en llanto o que se decidiera a gritar de alegría, pero que abandonara por fin ese cuerpo de gestos inmutables, altanería cruda e indiferencia. Me miré, me miré con bronca mientras solo encontraba vacío en mis pupilas frías, sonreí simulando un reconciliación exprés y me acordé de lo orgullosa que resulto en las peleas, borré esa mueca falsa y me enfrenté otra vez al espejo. Ese cuadrado de vidrio que cuelga de la pared de un baño que comparto hace unas semanas con el blanco de mis silencios constantes, como ráfagas húmedas de ese calor que penetra pero no entibia, irrita.
Únicamente sola, pude admitir mi derrota contra la del otro lado del mismísimo mutismo, no solo no podía emitir palabras bonitas, había perdido la capacidad para discutir, para enfrentar, para plantear. No sabes debatir, me reclama Alejandro y yo no respondo, yo me callo y amontono todas mis palabras amputadas en una sala de espera llena de frases olvidadas entre los pasillos de algunas paciencias ajenas.
Quiero hablarte, quiero matar esa distancia que crea mi silencio y no encuentro las fuerzas, me quedo en el suspiro, que junta el aire para pronunciar esa primera palabra que se atora en mi paladar y me deja helada de inseguridades, con cara de agresiva y modales irrespetuosos disfrazados de una soberbia ridícula. Ojalá pudiera al menos escribirte algo que se aproximara a lo mucho que me duele perderte en los segundos de insomnio vocal. Ya van dos noches que te dejo una nota en la mesa del comedor, es mi forma infantil de pedirte perdón en esas manuscritas frases cortas. Te digo que te amo, eso no me lo guardo, pero que pobres resultan esas dos pequeñísimas palabras cuando caminamos infinitas cuadras mirando cada uno para su costado. Con los labios vestidos en besos te ruego que ignores mi cobardía, un día más.
Me miro al espejo, me enfrento y me duele mi propia indiferencia.
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