Ella se escondía atrás del sillón blanco del living de entrada, que de entrada solo tenia la puerta, porque todos acostumbraban a ingresar por el garaje. En este living donde nadie entraba, ella transformaba sus tardes aburridas en historias de magia, hadas, brujas, selvas encantadas, oficinas, negocios, departamentos y casas, según conviniese al juego.
Tenía doce años, pero su imaginación la convertía en grande, en eterna, en modelo, secretaria, o lo que le diese la gana ese día. Esa tarde de verano, las puertas y ventanas de la casa se encontraban todas abiertas y listas para recibir la sombra y frescura de la caída del sol.
La pequeña, jugaba a ser grande mientras se pintaba frente al espejo y le decía a su novio imaginario que ya salía, que ya estaba lista para salir con él.
Florencia recuerda todo esto sin saber muy bien porque y justo en ese momento, en donde nada está más lejos de la realidad de ese juego.
Flor acaba de salir del cumpleaños de Mariana, caminando lento para ese pedazo de tierra que ahora es su departamento y se repetía en la cabeza como en forma de recordatorio “tengo veinticinco años, tengo veinticinco años” parecía no convencerse totalmente, quizás eran todas esas fotos viejas que habían pasado en el cumpleaños, que le hicieron recordar a ese living blanco.
Pero no era tan casual, ella tenia justo veinticinco años, la edad en la que siempre jugaba a casarse, a vivir en una casa grande y a trabajar de fotógrafa.
Pero en la realidad, no tenia novio ni nada que se le pareciera, vivía junto con su hermana menor en un diminuto departamento y si bien ya podría haberse recibido, había dejado la carrera a mitad camino, comenzando otra sin éxito y ahora buscaba trabajo. Lejos estaba de cumplir los sueños de la nena de sus juegos.
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